Imagina estar tomando una cerveza o comiendo alguna botana en el estadio mientras ves un partido de futbol. De pronto, dos árbitros se lesionan y, por increíble que parezcan, comienzan a buscar un sustituto en las tribunas. Y, lo mejor de todo, es que tú eres un silbante de una liga local que, por azares del destino, vas a ser parte de la terna arbitral para acabar el juego.
Esta historia, que parece sacada de un cuento, ocurrió el fin de semana en el futbol inglés. Sí, uno de los mejores balompiés del mundo tuvo que recurrir a un fanático para convertirse en árbitro asistente en el partido del Portsmouth contra Cheltenham Town de la League One, el equivalente a la Tercera División.
El partido, que terminó 0-0 en Fratton Park, tuvo no uno, sino dos silbantes lastimados. El primero ocurrió en el minuto 37, cuando uno de los abanderados sufrió un problema muscular. Fue entonces que el cuarto árbitro entró al quite, pero parece que no calentó muy bien porque, en el 57′, “pidió cambio” también por molestias en una pierna.
Con los “cambios agotados” de los de negro, increíblemente, por el altavoz del estadio preguntaron si había alguien calificado en conocimientos arbitrales o con experiencia para poder terminar el juego. Fue entonces que apareció Julian Browning, silbante de una liga local en la ciudad de Portsmouth.
“Estaba usando pantalones cortos y zapatillas deportivas. Recibí un uniforme del segundo árbitro asistente, los shorts y calcetines que otro árbitro tenía de repuesto y un par de botas doradas aparecieron en el vestuario”, contó el protagonista de la historia a la cadena BBC Radio.
Wade Elliott, entrenador del visitante Cheltenham, fue consultado por el central para saber si aprobaba que este seguidor del Portsmouth asumiera una de las bandas con la bandera. Con gran sentido del humor, declaró: “Creo que todos deberían tomar una cerveza antes de entrar, pareció funcionar. Probablemente fue el mejor árbitro que hemos tenido este año”.
Por su parte, John Mousinho, técnico del Portsmouth, aplaudió al juez de línea improvisado por aceptar ayudar a terminar el partido, además de reconocer al rival por querer seguir jugando, pese a no haber estado obligados.
“Había la posibilidad de que el juego hubiera sido cancelado, particularmente porque nadie sabía de la afiliación del juez de línea cuando bajó de la tribuna. El equipo visitante podría haber dicho que no, que no estaban de acuerdo con que él arbitrara el partido, pero no lo hicieron, así que hay que darles el crédito”.
